«Los bolivianos son honrados»
La defensa de la altura, los lentes Prada y el agradecimiento de Diego

«Los bolivianos son honrados»

Internacional
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Jose Miguel Arevaloviernes, 27 de noviembre de 2020

Corría el primer semestre del año 2008.  Pasaron meses de una enrarecida reunión de la Conmebol en San Cristóbal, Venezuela. Tras la inauguración de la primera Copa América disputada en el país caribeño el año anterior, el fútbol boliviano podía percibir una sensación de traición a su alrededor; había una fuerte corriente en la región que apoyaba el veto a partidos internacionales a más de 2.750 metros sobre el nivel del mar. La lucha por defender el derecho de los bolivianos de jugar en el estadio Hernando Siles se volvió a instalar. El fantasma de la altura había vuelto y Bolivia se veía tan sola como siempre, en una pelea desigual contra la FIFA instigada en el propio vecindario.

La causa de los bolivianos, para muchos perdida, necesitaba un defensor precisamente de ese tipo de causas: Diego Armando Maradona. El astro sin pensarlo atendió el llamado y rápidamente se organizó un evento. La intención era gritarle al mundo desde lo más alto que ahí también hay fútbol, que se juega donde se vive.

Finalmente llegaron a La Paz para jugar con Diego ex futbolistas de la talla de Diego Latorre o Esteban Pogani e incluso maestros del ambiente artístico como Jaime Torres. En la cancha los recibieron Marco Etcheverry, Milton Melgar entre muchas otras figuras. El juego, las alineaciones, los goles y el resultado irónicamente fueron lo de menos. El mensaje ya estaba enviado y la universalidad del fútbol abiertamente defendida. La misión estaba cumplida.

Después de una auténtica fiesta futbolera, el Siles recibió a los protagonistas en sus vestuarios. Maradona, la estrella de la tarde, se relajó en una sesión con el masajista antes de alistarse para dejar la cancha defendida.

Ya en el Aeropuerto Internacional de El Alto, después de la alegría y la satisfacción del deber cumplido, el Diez se dirigía a la aeronave que lo trasladaría a casa, pero repentinamente se detuvo con una expresión congelada. Empezó a palparse el cuerpo a la altura de los bolsillos y al no encontrar lo buscado cambió la alegría y la sonrisa por desazón y descontento: había perdido sus lentes de sol Prada, su accesorio favorito, aquel con el que protegía su expresiva mirada y cerraba un atuendo digno de una figura de su magnitud. Habían sido diseñados por la casa de moda italiana específicamente para él. Su valor comercial fácilmente alcanzaba las cuatro cifras en dólares americanos. Pero no era un tema de dinero. Eran «los lentes de Diego», y eso sin duda les conferían un valor monetario incalculable.

Los lentes que Prada diseñó para Maradona, que aún lució en el Mundial de Sudáfrica 2010.

Corrió la voz para activar la búsqueda de las gafas de sol. Llamadas, apuros, mensajes… ya era tarde, la fiesta se había desmontado y nadie supo dar respuestas. El Diez se fue a casa con la decepción personal de haber extraviado su objeto personal predilecto.

La tristeza de Diego era el comentario general tras bambalinas luego del partido. Cuando la noticia llegó a oídos del director de Deporte Total y amigo de Diego, Toto Arévalo, rápidamente comenzó su propia gestión. «No pueden perderse, están en el Siles» afirmó con seguridad. Bastó un llamado a René Martínez «el Compadre», un amigo (prácticamente familia) de este medio y dedicado trabajador en la logística. Él había seguido cada paso de Maradona en su breve estadía y sabía exactamente dónde buscar. Se dirigió al Siles, pidió a la administración que se le abriera el vestuario que albergó a Diego y se fijó debajo de la camilla de masajes. Ahí estaban. «Fue como hallar la Copa Jules Rimet». Toto resguardó el tesoro y pocos días después se trasladó a Buenos Aires para cumplir la tarea.

Una vez en Argentina, encontrarse con Diego fue imposible. Contratiempos en la salud del Diez requerían una celosa observación médica bajo la más estricta reserva. A pesar de todo, Maradona extrañaba sus gafas. Toto cuenta que se comunicó con uno de los guardaespaldas de Maradona, «de nombre de pila Martín» recuerda. El seguridad hizo lo imposible por recolectar el objeto preciado para llevarlo a su justo dueño.

En menos de una hora, Martín se reportó con un llamado. Diego aún estaba un poco delicado, pero el volver a tener sus amados lentes en las manos le dio un enorme empujón anímico, según contó el guardián: «Está que no se entiende de felicidad». Sin permitir que su euforia postergue su deber moral, Maradona fue enfático al enviar un mensaje que debe permanece tallado cual consigna: «Por favor decile a Toto que muchísimas gracias… LOS BOLIVIANOS SON HONRADOS».